Serapio
Cuando San Serapio fue sacrificado, por manos de los mismos a los cuales intentaba de convencer de la bondad de su Dios, en el último momento antes de morir se dio cuenta que el dolor físico iba a ser demasiado grande para soportarlo con la sola promesa de la eternidad del alma. Lo esperaba una cruz de aspas y un elemento cortante (nunca supo sí se trató de una espada, una hoz, un machete, sólo reconoció la textura y color del óxido). Iban a convertir en pasadizos todas sus articulaciones. Entonces, en ese momento preciso, despues de haber combatido en las cruzadas, de haber sido un mercenario de Cristo, y de haber predicado la palabra divina, recordó que el dolor físico no se aguanta. Cerró los ojos apretando la mandíbula, rezó por que la inconsciencia llegara pronto y sólo le quedó esperar la vida eterna.
Hubo un instante en que Rafael tuvo conciencia de lo pasaba. Corto. Sofía estaba en el asiento de al lado con la cabeza torcida y un hilito de sangre que le caía de la boca. Él se sentía mojado y soñoliento, pero pudo abrir los ojos. Supo que algo andaba mal, pero no sabía si era cierto o era un sueño. Peleaba por despertase. Escuchó el sonido de una sierra de metal (¿qué metal era?) Metales cortándose. El grito “sáquenlos” No tuvo miedo, al contrario era somnolencia lo que sentía… se dio cuenta de que el dolor físico no existía. Que ya no tenía salvación. Finalmente abrió los ojos. Todo estaba borroso. Trató de zafarse el cinturón de seguridad pero el brazo no le respondía. Había un ruido de manguera mojanado el motor… mucha gente… poca luz. Afuera hablaban de ellos. Estaba empapado de sangre. Lo sacaron intentando no moverlo, como a un títere y Sofía era una muñeca de trapo a la cual le colgaba la cabeza. ¿Era el momento de sentirse triste?.
![]()
Le preguntaron su nombre pero no supo responder… tampoco supo responder cuando le preguntaron por su familia, a quien llamar, a quien avisarle que estaba herido de gravedad. Todo era parte del dolor cabeza que incluso le impedía hacer foco en el hombre que le hacía preguntas. Todo dolía. Otro hombre vestido de blanco a su lado le insistía que no se durmiera, que tratara de permanecer despierto. Él quería dormir. Supo que era el momento en que podía elegir o seguir o irse… zafar para siempre.
¿Sofía estas viva? Preguntó. En ese momento le subían a una ambulancia, mientras Sofía en la acera esta siendo cubierta por un plástico de color metálico. Entendía la silueta dmujer… una melena larga castaño oscuro caía de la camilla. El vestido verde de flores colgaba con las manchas oscursa de sangre seca. El cerró los ojos… ya no quería seguir. Un hombre de uniforme (¿cuál?, No lo sé, algún uniforme de todos los que transitan en este país), sacaba una huincha métrica y medía todos los vidriecitos, las manchitas y los fierros en la calle.
Había peleado por mantenerse despierto. Miró a Sofía por última vez, que ya era sólo un bulto. Sintió el agotamiento en cada músculo. La silueta plateada era tragada un vehículo policial (¿o era de urgencias médicas?). Le dolían tanto los ojos por culpa del reflejo del sol en el envoltorio metálico de Sofía, que decidió cerrarlos.
*La imagen corresponde a la pintura de Zurbarán “San Serapio” del sitio: www.wikimedia.org
