Just a little bit of Ute Lemper… to get up in this grey sunday afternoon

Just a little bit of Ute Lemper… to get up in this grey sunday afternoon

I like to thank those friends, who where beside me when I crossed the frontier between 33 and 34 years. It was a nice night in Madrid, eating mexican food and hearing Lila Downs…

Peregrinando a Finis Terra
Un video dirigido por Juan Soros y editado por Patricia Rivera

Carretera al Norte
Francisco estaba sentado en la cama. Doblándose hacía el velador. Al lado del cenicero había dos líneas blancas que le llegaban toda la luz de la lamparita de noche. Se veían un poco más brillantes de lo que en realidad son. Siguió tomando, jaló y me dijo que era la mujer de su vida, que tenía seriamente pensado que siguiéramos juntos hasta la muerte. Yo estaba de pie contra de la puerta. Necesitaba apoyarme para mantener el equilibrio. Se me atragantó el ron y me reí, no sé si de él o por la borrachera, pero la respuesta era obvia. No tenía intenciones de morir al día siguiente. En todo caso me pareció un poco falto de tino decirle que tiraba pésimo y si de morir se trataba me gustaba más su hermano. Ya tenía suficiente pagándome la universidad y aguantándome los fines de semana como para agregarle un complejo más. Aceleré el final del ron y respiré profundo para apagar la nausea. Ni el ron ni Francisco tomaban el camino correcto
Se quedó en silencio, se puso serio. Se recostó contra un almohadón y comenzó a preguntarme porque me reía de él, y que todas las mujeres siempre le dejaban, y no entendía que tenía y yo de verdad entendía en realidad de que estaba hablando. Tampoco me importaba mucho.
Me acuerdo que los ojos le brillaban y le llegaba justo la luz del velador. Tenía lindo ojos, pestañas gruesas, la camisa abierta. No distinguí si era tristeza o rabia. Creo que durante un par de segundos se le atravesó por la cabeza levantarse y quebrarme la nariz. O más bien fue esa escena la que vi. Pero seguía recostado, mirándome. Retomó el discurso de su eterna y constante infelicidad. Ya no me hablaba enumeraba para sí mismo un par de fantasmas de adolescencia.
Lo dejé hablando solo, estaba demasiado mareada. Entre al baño para provocar algo de vómito y ducharme. Habíamos viajado por siete horas y el ron se había acabado. Desde la ventana empañada del baño se veía la camioneta y la carretera oscura. Nada se movía. Era un de cuadro. Me vi desde fuera. Desvestida, vidrio empañado, única luz de las piezas del motel. Extraño, me vi como un juguete a cuerdas.
Francisco ya había encendido el televisor. Cuando salí mi piel comenzó a enfriarse. Los cambios de temperatura. ¿O era él que había cambiado?. Le bajó el volumen al partido de básquetbol. Algo sabía de despedidas. Esperaba que dijera algo, así que lo dije:
- Voy por algo para tomar y más cigarros
- ¿Adonde?
- … ya vuelvo…
Él siguió fumando, y miró en dirección a la ventana. Tenía rabia, se le notaba, me pareció que incluso iba a llorar de impotencia. Me acordé de lo que decía mi madre de las buenas costumbres: “Si no tienes nada que decir mejor cállate”. Así que terminé de vestirme y tomé las llaves.
Subí a la camioneta y estaba fría, un poco ahogada. Francisco miraba por la ventana del motel, yo estaba muy mareada para manejar y para jugar a la terapia. Siempre se enfurecía cuando me vestía o desvestía delante de él sin importarme que estuviera presente. Mejor huir. Encendí el motor, la radio y a mi misma jugando a andar en camioneta por la carretera muy tarde y muy ebria. Pasaron los kilómetros, me dolían los oídos por el pelo mojado. Me dolía el cuerpo por el día de trasnoche… Pasaban kilómetros y kilómetros y yo con las luces altas y una cinta del padre de Francisco sonando en la radio. A cada rato se aparecerían trozos de carretera, que parecía una culebra al paso de las luces. Yo ilusa buscaba una botillería en medio de la nada a las 5 de la mañana. En todo caso pretendía llegar luego, dormir hasta tarde y decirle amablemente que me dejara en algún lugar de la ciudad siguiente. Ahí iba a llamar a mi madre para que me fuera a buscar, ó mejor a Rodrigo, pasar unos días con él y luego volver a Santiago a ver que hacer. Deje de contar los kilómetros y se antojó entrecerrar los ojos, 100, 120, 130,140, el sueño y el acelerador. Parece que a mayor velocidad mayor vértigo. Había algo en mi estómago, algo distinto al ron, una sensación grata, 150. Rodrigo, sí O.k. Un rato con él.
Sentí el golpe un golpe furioso, perdí la dirección… Fue un cuerpo y el parabrisas. Bajé y ella estaba en el asfalto. Una mujer en la mitad de la noche sola. La sangre que le salía de la cabeza se veía negra en la carretera. No hablaba gemía. Se movía un poco, reptaba. Creo que me miró a los ojos. Yo tenía frió y no entendía como cresta se me vino a parecer una mujer de la nada se me atraviesa y mato.
Los neblineros hacia que viera todas las heridas de la cara. La ropa, las manchas, los cristalitos de mi parabrisas.
Le pregunté como se llamaba y la moví un poco con el borde del pie. No me atrevía a agacharme. Pasaron 15 minutos. Dejó de gemir. Por arriba se veía bien, pero no me atrevía a levantarla porque supuestamente se había roto el cráneo.
Sinatra cantaba desde el auto
La registré, le saqué la billetera, no me acuerdo como se llamaba. Me costó calcular que edad tendría. Encendí un cigarro, tomé la billetera, y pensé en llamar a una ambulancia. , Pero me quede quieta hasta que la cinta dejó de sonar. Seguí con la billetera en la mano.
Volví muy lento al motel, realmente muy lento. Francisco se había dormido con la ropa puesta, se veía bien. Se veía tranquilo. Empece a llorar. Saqué las tarjetas de la billetera de Francisco y el dinero de la billetera de ella. Dejé las billeteras en el velador. No lo desperté esa fue la última vez que lo vi.

El invierno llegó tarde a Madrid. Quizá por el termostáto del planeta en mal estado, quizás por que simplemente ya era hora de que fuera así. Deus Ex Machina aparece hoy, en la mitad de éste pedazo de invierno. Aparece para darme permiso de dar un par de golpeteos más en la red, aprovechando las infinitas horas que paso frente al teclado.