I like to share this article from the N.Y Times, about the links that exists between the imaginary world that created the writer J.L Borges, and the Internet …
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Santos (extracto)
Agosto 12, 2007Serapio
Cuando San Serapio fue sacrificado, por manos de los mismos a los cuales intentaba de convencer de la bondad de su Dios, en el último momento antes de morir se dio cuenta que el dolor físico iba a ser demasiado grande para soportarlo con la sola promesa de la eternidad del alma. Lo esperaba una cruz de aspas y un elemento cortante (nunca supo sí se trató de una espada, una hoz, un machete, sólo reconoció la textura y color del óxido). Iban a convertir en pasadizos todas sus articulaciones. Entonces, en ese momento preciso, despues de haber combatido en las cruzadas, de haber sido un mercenario de Cristo, y de haber predicado la palabra divina, recordó que el dolor físico no se aguanta. Cerró los ojos apretando la mandíbula, rezó por que la inconsciencia llegara pronto y sólo le quedó esperar la vida eterna.
Hubo un instante en que Rafael tuvo conciencia de lo pasaba. Corto. Sofía estaba en el asiento de al lado con la cabeza torcida y un hilito de sangre que le caía de la boca. Él se sentía mojado y soñoliento, pero pudo abrir los ojos. Supo que algo andaba mal, pero no sabía si era cierto o era un sueño. Peleaba por despertase. Escuchó el sonido de una sierra de metal (¿qué metal era?) Metales cortándose. El grito “sáquenlos” No tuvo miedo, al contrario era somnolencia lo que sentía… se dio cuenta de que el dolor físico no existía. Que ya no tenía salvación. Finalmente abrió los ojos. Todo estaba borroso. Trató de zafarse el cinturón de seguridad pero el brazo no le respondía. Había un ruido de manguera mojanado el motor… mucha gente… poca luz. Afuera hablaban de ellos. Estaba empapado de sangre. Lo sacaron intentando no moverlo, como a un títere y Sofía era una muñeca de trapo a la cual le colgaba la cabeza. ¿Era el momento de sentirse triste?.
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Le preguntaron su nombre pero no supo responder… tampoco supo responder cuando le preguntaron por su familia, a quien llamar, a quien avisarle que estaba herido de gravedad. Todo era parte del dolor cabeza que incluso le impedía hacer foco en el hombre que le hacía preguntas. Todo dolía. Otro hombre vestido de blanco a su lado le insistía que no se durmiera, que tratara de permanecer despierto. Él quería dormir. Supo que era el momento en que podía elegir o seguir o irse… zafar para siempre.
¿Sofía estas viva? Preguntó. En ese momento le subían a una ambulancia, mientras Sofía en la acera esta siendo cubierta por un plástico de color metálico. Entendía la silueta dmujer… una melena larga castaño oscuro caía de la camilla. El vestido verde de flores colgaba con las manchas oscursa de sangre seca. El cerró los ojos… ya no quería seguir. Un hombre de uniforme (¿cuál?, No lo sé, algún uniforme de todos los que transitan en este país), sacaba una huincha métrica y medía todos los vidriecitos, las manchitas y los fierros en la calle.
Había peleado por mantenerse despierto. Miró a Sofía por última vez, que ya era sólo un bulto. Sintió el agotamiento en cada músculo. La silueta plateada era tragada un vehículo policial (¿o era de urgencias médicas?). Le dolían tanto los ojos por culpa del reflejo del sol en el envoltorio metálico de Sofía, que decidió cerrarlos.
*La imagen corresponde a la pintura de Zurbarán “San Serapio” del sitio: www.wikimedia.org

Hasta que la muerte nos separe (extracto)
Agosto 7, 2007Carretera al Norte
Francisco estaba sentado en la cama. Doblándose hacía el velador. Al lado del cenicero había dos líneas blancas que le llegaban toda la luz de la lamparita de noche. Se veían un poco más brillantes de lo que en realidad son. Siguió tomando, jaló y me dijo que era la mujer de su vida, que tenía seriamente pensado que siguiéramos juntos hasta la muerte. Yo estaba de pie contra de la puerta. Necesitaba apoyarme para mantener el equilibrio. Se me atragantó el ron y me reí, no sé si de él o por la borrachera, pero la respuesta era obvia. No tenía intenciones de morir al día siguiente. En todo caso me pareció un poco falto de tino decirle que tiraba pésimo y si de morir se trataba me gustaba más su hermano. Ya tenía suficiente pagándome la universidad y aguantándome los fines de semana como para agregarle un complejo más. Aceleré el final del ron y respiré profundo para apagar la nausea. Ni el ron ni Francisco tomaban el camino correcto
Se quedó en silencio, se puso serio. Se recostó contra un almohadón y comenzó a preguntarme porque me reía de él, y que todas las mujeres siempre le dejaban, y no entendía que tenía y yo de verdad entendía en realidad de que estaba hablando. Tampoco me importaba mucho.
Me acuerdo que los ojos le brillaban y le llegaba justo la luz del velador. Tenía lindo ojos, pestañas gruesas, la camisa abierta. No distinguí si era tristeza o rabia. Creo que durante un par de segundos se le atravesó por la cabeza levantarse y quebrarme la nariz. O más bien fue esa escena la que vi. Pero seguía recostado, mirándome. Retomó el discurso de su eterna y constante infelicidad. Ya no me hablaba enumeraba para sí mismo un par de fantasmas de adolescencia.
Lo dejé hablando solo, estaba demasiado mareada. Entre al baño para provocar algo de vómito y ducharme. Habíamos viajado por siete horas y el ron se había acabado. Desde la ventana empañada del baño se veía la camioneta y la carretera oscura. Nada se movía. Era un de cuadro. Me vi desde fuera. Desvestida, vidrio empañado, única luz de las piezas del motel. Extraño, me vi como un juguete a cuerdas.
Francisco ya había encendido el televisor. Cuando salí mi piel comenzó a enfriarse. Los cambios de temperatura. ¿O era él que había cambiado?. Le bajó el volumen al partido de básquetbol. Algo sabía de despedidas. Esperaba que dijera algo, así que lo dije:
- Voy por algo para tomar y más cigarros
- ¿Adonde?
- … ya vuelvo…
Él siguió fumando, y miró en dirección a la ventana. Tenía rabia, se le notaba, me pareció que incluso iba a llorar de impotencia. Me acordé de lo que decía mi madre de las buenas costumbres: “Si no tienes nada que decir mejor cállate”. Así que terminé de vestirme y tomé las llaves.
Subí a la camioneta y estaba fría, un poco ahogada. Francisco miraba por la ventana del motel, yo estaba muy mareada para manejar y para jugar a la terapia. Siempre se enfurecía cuando me vestía o desvestía delante de él sin importarme que estuviera presente. Mejor huir. Encendí el motor, la radio y a mi misma jugando a andar en camioneta por la carretera muy tarde y muy ebria. Pasaron los kilómetros, me dolían los oídos por el pelo mojado. Me dolía el cuerpo por el día de trasnoche… Pasaban kilómetros y kilómetros y yo con las luces altas y una cinta del padre de Francisco sonando en la radio. A cada rato se aparecerían trozos de carretera, que parecía una culebra al paso de las luces. Yo ilusa buscaba una botillería en medio de la nada a las 5 de la mañana. En todo caso pretendía llegar luego, dormir hasta tarde y decirle amablemente que me dejara en algún lugar de la ciudad siguiente. Ahí iba a llamar a mi madre para que me fuera a buscar, ó mejor a Rodrigo, pasar unos días con él y luego volver a Santiago a ver que hacer. Deje de contar los kilómetros y se antojó entrecerrar los ojos, 100, 120, 130,140, el sueño y el acelerador. Parece que a mayor velocidad mayor vértigo. Había algo en mi estómago, algo distinto al ron, una sensación grata, 150. Rodrigo, sí O.k. Un rato con él.
Sentí el golpe un golpe furioso, perdí la dirección… Fue un cuerpo y el parabrisas. Bajé y ella estaba en el asfalto. Una mujer en la mitad de la noche sola. La sangre que le salía de la cabeza se veía negra en la carretera. No hablaba gemía. Se movía un poco, reptaba. Creo que me miró a los ojos. Yo tenía frió y no entendía como cresta se me vino a parecer una mujer de la nada se me atraviesa y mato.
Los neblineros hacia que viera todas las heridas de la cara. La ropa, las manchas, los cristalitos de mi parabrisas.
Le pregunté como se llamaba y la moví un poco con el borde del pie. No me atrevía a agacharme. Pasaron 15 minutos. Dejó de gemir. Por arriba se veía bien, pero no me atrevía a levantarla porque supuestamente se había roto el cráneo.
Sinatra cantaba desde el auto
La registré, le saqué la billetera, no me acuerdo como se llamaba. Me costó calcular que edad tendría. Encendí un cigarro, tomé la billetera, y pensé en llamar a una ambulancia. , Pero me quede quieta hasta que la cinta dejó de sonar. Seguí con la billetera en la mano.
Volví muy lento al motel, realmente muy lento. Francisco se había dormido con la ropa puesta, se veía bien. Se veía tranquilo. Empece a llorar. Saqué las tarjetas de la billetera de Francisco y el dinero de la billetera de ella. Dejé las billeteras en el velador. No lo desperté esa fue la última vez que lo vi.

